Por: Rolando J. Vivas

Alejarse del centro es alejarse del consenso, alejarse del acuerdo y de la negociación, bajo ciertas posturas radicales, no hay espacio para los consensos o los acuerdos, es blanco o negro, es un ganar o perder sin nada en medio. Se denigra o se condena una postura moderada, porque se equipara con una postura “tibia” o mediocre, cuando en realidad negociar y llegar a acuerdos son símbolos de inteligencia, voluntad y respeto mutuo. Negarse a llegar a un acuerdo o a un consenso es una postura intolerante, autoritaria y de carácter muy pobre, sobre todo considerando que éstos acuerdos o consensos se llevan a cabo bajo un contexto democrático en el cual se busca encontrar puntos de interés y de bienestar común entre varias partes. Voluntariamente negarse de forma rotunda a buscar consensos o acuerdos, denota una intolerancia brutal, incluso violenta, una mentalidad cerrada que se niega realmente a progresar o cambiar para bien. Resulta irónico, hasta cierto punto, que posturas extremas dentro de un espectro político, implica relacionarlos en la llamada “teoría de la herradura”, en la que puntos extremos de izquierda o derecha política, al final terminan habitando espacios violentos, intolerantes y autoritarios que los ponen en territorio más cercano que distante. Al final las posiciones extremas terminan encontrando “un punto medio” y un consenso en sus posiciones antisistema, antidemocráticas y a favor del autoritarismo o la dictadura. A final de cuentas, los extremos buscan destruir al centro, y en eso, es en lo que sí pueden estar de acuerdo.

Varios países de Latinoamérica pasaron o aún pasan por periodos de extremismo político, momentos en que la democracia ha sido despreciada, debilitada o destruida y en el que, las posiciones extremas no sólo han atentado contra las libertades de los ciudadanos, también contra la economía de los países. Es comprensible que la incertidumbre en ocasiones termine volviendo atractivas a las posiciones extremas. Ya que éstas presentan un enfoque simplista o dogmático en el que se “borra toda duda”, se presenta una “certeza” mediante un control total de alguna forma. Así hemos visto dictaduras de derecha en países como Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, y dictaduras de izquierda en países como Cuba y Venezuela. Las posturas extremas, al llevar la dirección de un país, de un extremo a otro, al final terminan desestabilizando las economías y comprometiendo las libertades, éstos extremismos han provocado que la región continue con muy poco avance en sus economías y que la región siga imposibilitada de avanzar a un paso firme. Las grandes economías de la región, como Brasil, Argentina y México, se han estancado por décadas en éste vaivén político. Países con economías de menor tamaño, como Chile o Colombia, han podido avanzar considerablemente, alejadas de éste extremismo, mientras que Venezuela, alguna vez una economía mayor, continúa su debacle económico, político y social derivado de la adopción del llamado “socialismo del siglo 21”, esa extraña ideología que buscaba romper con el socialismo del siglo pasado y cuya debacle quedó puesta de manifiesto con el derrumbe de la URSS.

Podríamos hablar de Chile como una de las grandes estrellas económicas de la región, víctima de cambios radicales en los 70s, luego del triunfo de Salvador Allende y sus políticas de izquierda y luego de la imposición de la dictadura militar de Augusto Pinochet y sus políticas de extrema derecha. Los extremos sacudieron a Chile de forma brutal como pocos países lo han experimentado, y sin duda esto desestabilizó al país y le ayudó a madurar social y políticamente. Una vez terminada la dictadura de Pinochet, Chile vivió un período de moderación y de consenso entre ambos espectros políticos, lo que le dio estabilidad y certidumbre el país sudamericano, que a partir de entonces, se convertiría en la estrella de la región, con tasas de crecimiento y desarrollo muy superiores a los del resto de Latinoamérica, convirtiéndose en una de las economías con mayor crecimiento en el mundo. El sufrimiento de las posturas extremas ayudaron a madurar al pueblo chileno y a alejarlo de las posturas extremas. La moderación convirtió al país en un lugar confiable para la inversión y ésto generó un bienestar no visto en ninguna de las grandes economías de la región. La única constante es el cambio, y la moderación poco a poco ha ido cediendo paso nuevamente a las posturas extremas, la polarización ya existente en el mundo se ha agravado en los últimos años y los cambios generacionales incluso la han reforzado. Ya no sólo es la izquierda vs. la derecha, también es la extrema derecha vs. la derecha, la extrema izquierda vs. la izquierda, extremos vs. centro, liberales vs. conservadores e incluso adultos vs. jóvenes.

En dos días, el pueblo chileno regresa a las urnas, la segunda vuelta de la votación presidencial se llevará acabo, y Chile, alguna vez una gran excepción dentro del estancamiento de la región, ahora parece reflejar de una forma clara la polarización y el extremismo que invaden nuevamente al continente, la derechas extremas y las izquierdas extremas una vez más presentan sus “soluciones mágicas” para resolver las inquietudes de los ciudadanos. Una vez más llegan ”salvadores” que crearán grandes utopías a cambio de que la ciudadanía les dé todo el poder y confíe ciegamente en ellos. Pareciera que las duras lecciones del pasado ya se han olvidado, pareciera que estamos condenados a repetirnos una vez más. Así, el 19 de Diciembre el pueblo chileno tendrá la difícil decisión de votar por alguno de los puntos extremos que han dejado atrás la moderación y el consenso, por un lado, José Antonio Kast, representante de la derecha extrema que parece congeniar con la visión de personajes como Donald Trump y Jair Bolsonaro y que a su vez conecta con la nueva derecha extrema cada vez más popular en Europa, representada por gente como Viktor Orbán y Matteo Salvini. Las posturas de Kast, en un inicio, fueron radicales, homofóbicas y misóginas, cercanas a las de los ya mencionados Trump y Bolsonaro, aunque poco a poco se han ido moderando. Al igual que Bolsonaro, Kast en su momento arremetió contra la diversidad, y se dijo nostálgico del “orden” impuesto por el régimen de Augusto Pinochet, lo que incluso le ganó la simpatia de varios sectores evangélicos. El programa ultra liberal de Kast en el que buscaba eliminar gran porcentaje de impuestos a las empresas, tuvo que descartarse casi en su totalidad, ante la imposibilidad de llevarse a cabo de forma factible.

En el otro extremo, el milenial Gabriel Boric ha arrasado con los apoyos de la izquierda, Boric, líder estudiantil de apenas 35 años y salido del partido comunista, parece ser el candidato con más posibilidades de ganar la elección. Representando un frente amplio que incluye varios espectros de la izquierda, Boric me recuerda mucho a Alexis Tsipras, el candidato griego de izquierda que llevó a un conglomerado de corrientes de izquierda al poder, y cuyas promesas, al chocar de frente contra la realidad, no fueron cumplidas. Boric se ha dado cuenta de ésto, y ha moderado muchos de sus comentarios y parte de su programa que busca reforzar el sistema controversial sistema privado de pensiones y el de salud, aunque obviamente implica un mayor papel del estado en la vida del ciudadano. Boric parece más cercano a la izquierda moderada de José Mújica y de Michelle Bachelet, que marcaron una cierta distancia del Socialismo del Siglo 21 de Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa. Aunque cabe mencionar que, aunque Boric ha expresado su simpatía por Hugo Chavez, la revolución bolivariana y Podemos, también ha condenado los regímenes de Nicolas Maduro y de Daniel Ortega. Boric, al igual que Tsipras, se presenta como el candidato de la “Socialdemocracia” que dará fin al “neoliberalismo”, aquí cabe mencionar que en su momento Hugo Chavez y otros, también se atrevían declarado supuestamente “socialdemócratas”.

En la primera vuelta, Kast apenas logró sacar dos puntos de ventaja a Boric, y éste último se convirtió en la gran sorpresa de la elección, por lo que no es tan aventurado pensar que podría tomar más fuerza el domingo. Importante mencionar que un 46% de los votantes, ejercieron su voto por otro candidato, así que el número de votantes que se disputarán Kast y Boric es enorme y puede inclinarse a cualquiera de éstos dos candidatos, cuyas propuestas no podrían ser más distantes una de otra. Es una elección difícil y complicada para el pueblo chileno, que parece estar atravesando un complicado cambio generacional. Chile a pesar de ser un de los países más modernos y desarrollados de la región, en ésta elección parece estar diciendo entre el pasado y el futuro. Aunque el resultado pudiera parecer complejo, no hay que olvidar que la democracia chilena es fuerte y su sistema parlamentario es tan sólido que podría resistir la llegada de cualquiera de los candidatos y sus propuestas extremas. Ciertamente, no hay decisiones perfectas, el miedo, y otras emociones, suelen nublar en ocasiones el buen juicio. La democracia no es infalible, y en algún momento nos podrá poner en situaciones cómo ésta, lo importante es la fortaleza y autonomía de las instituciones, de los pesos y contrapesos, que nos permitan arriesgarnos un poco con un candidato, sin perderlo todo.