Por: Rolando J. Vivas



Cuarto año de gobierno y pareciera que el actual gobierno ha perdido por completo su narrativa una vez más. Los primeros dos años de gobierno fueron de destrucción de todo en el país, un país en el que las cosas no eran perfectas, pero que en el que por lo menos se debió conservar aquello que si funcionaba. El gobierno se dedicó a destruir todo por completo, bueno y malo, más más un afán destructivo, que en un afán de construir un mejor país. El gobierno actual quiso vender una narrativa “revolucionaria” en la cual todo lo existente debería ser arrasado. El gran problema fue que lo que sí dejó claro el gobierno fue que no tenía el talento suficiente para construi rápidamente algo que sustituyera lo anterior, y por consecuencia, lejos de lograr un proceso, puso al país en rumbo del retroceso, afectando fuertemente el crecimiento, el desarrollo, la democracia, la economía y la institucionalidad.

Los primeros dos años de gobierno subieron al país en la incertidumbre, la inversión comenzó a congelarse y el país a perder su dinamismo. El resultado fue un país que dejaba de crecer y entraba en una dolorosa etapa de letargo, ¿Quién quería apostar en un país con un gobierno más enfocado en destruir que en construir? ¿Quién querría alinearse a un presidente vengativo y rencoroso más obsesionado por sus “opositores ” que por el futuro del país? El primer golpe duro a la mal llamada “cuarta transformación” vino aquél día en que una parte de la llamada Línea 12 colapsó. Ese día quedo claro que al gobierno sólo le importaba la venganza a toda costa. Lejos de asumir responsabilidad, buscó torpemente culpar a los opositores. La realidad les había caído encima, los había aplastado, los había derrotado y el presidente no fue ni siquiera para ofrecer apoyo moral a los afectados. El presidente se mostró indolente y molesto porque lo obvio lo golpeaba directo en la cara. Y quedó de manifiesto en las elecciones intermedias, en dónde el presidente perdió todo el poder que se le había otorgado, como a nadie en Julio del 2018.

Los siguientes dos años que hemos vivido de éste sexenio, han sido protagonizados por la pandemia, la cuál nos golpeó pero que a otros países por el pésimo rol jugado por el gobierno. Un sistema de salud que se había prometido sería como el de Dinamarca, en realidad fue devastado y destruido, reducido en doctores y atención y aún al día de hoy carente del abasto adecuado de medicamentos. El apoyo a las empresas, afectadas por la reducción en la movilidad fue nulo. Se les abandonó como en ningún otro lado, el resultado fue el atroz cierre de muchos negocios y el desempleo. Una vez más el gobierno mostraba su ineptitud, su indolencia y su total incapacidad de asumir su responsabilidad. Incluso en temas por demás necesarios, como la vacunación, el gobierno mostró su pero cara, usando la vacunación como un programa de propaganda para buscar votos. Una vez más, el gobierno mostraba su rostro más mezquino, con un presidente que al inicio minimizó el impacto que la pandemia tendría y tuvo en el país. El resultado fue una economía, ya afectada por los primeros dos años, que sufrió aún más y que por consecuencia no tuvo la capacidad de recuperarse como muchos otros que ya han logrado mayor crecimiento a niveles previos a la pandemia.

El segundo golpe vendría luego de revelarse los múltiples conflictos de interés en el que se han visto envueltos los hijos del presidente, y la incapacidad del presidente para investigar y aclarar tal situación, en su lugar, hemos visto una vez más la peor cara del presidente, más enfocado en perseguir despiadadamente a sus críticos, que en aclarar la situación de sus hijos. Programas de gobierno en el sur del país que benefician los negocios personales de sus hijos, una fábrica de chocolate en particular. Esto además de la casa en Houston que cuenta más de 100 mil pesos de renta mensual y que ha sido rentada a una empresa afín a Pemex a la cual se le han realizado pagos muy superiores a los de anteriores sexenios. Los intentos por aclarar la situación sólo han derivado en mayores conflictos de intereses e intentos muy burdos de ocultar la realidad, la bandera de la lucha contra la corrupción y la supuesta austeridad del gobierno son una gran mentira.

Han sido dos períodos de dos años que el gobierno ha navegado de forma realmente deficiente y dos golpes duros que ha recibido derivados de su propia ineficiencia. Dos golpes que le han hecho perder la agenda al presidente, el cuál, fuera de manejar la agenda de los que se habla en el país, no sabe hacer otra cosa que concentrar el poder. Ha sido tan burdo el intento de manejar la agenda, que luego de perderle por segunda vez, el presidente se nota más desesperado y desubicado que nunca. Los segundos dos años nos han mostrado a un gobierno completamente extraviado y a un presidente que ha quedado expuesto como un hombre que prometió lo que es incapaz de cumplir de ninguna forma.

Vienen dos años en que el presidente gobernará en el descrédito total, con un partido oficialista cada vez menos integrado. Toda la narrativa oficial se basaba en el presidente, y con éste caído caído el descrédito, nada se sostiene. Vendrán dos años de nula recuperación y por consecuencia de nulo crecimiento. El activo principal del oficialismo, el presidente, ha perdido su valor y la continuidad del gobierno actual se encuentra más más duda que nunca. Resulta casi increíble pensar que sin una oposición política, el oficialismo haya perdido tanta fuerza y credibilidad, es la realidad la que se ha encargado de destapar la falta de capacidad del gobierno para reaccionar a las necesidades país y del presidente a demostrar realmente su compromiso con la lucha contra la corrupción y la búsqueda de la austeridad. El gobierno no ha dejado de ser una mera escenografía para el actuar del presidente y el presidente ha sido incapaz de combatir la corrupción y el tráfico de influencias aún dentro de su misma familia.

El país país más a la deriva que en los primeros tres años de gobierno, y los restantes menos de tres años no se antojan mejores. Es un gobierno que se cae a pedazos y un presidente que en más de tres años se ha negado a gobernar realmente, y que sería difícil pensar que lo baya a hacer en el resto del tiempo que le queda al frente del país. Un tercer golpe seria letal para un gobierno y un presidente en sus estados, mas frágiles que nunca. Un tercer golpe seria el fin de éste gobierno ya en estado de decadencia. Al gobierno del presidente López Obrador le puede quedar poco mas de dos años. Pero a un gobierno que en mas de tres años no cumplió cabalmente sus compromisos, seria dificil otorgarle la confianza de que hará algo relevante en lo que le queda al frente del país. Ridículo el intento de recuperar la agenda nacional a través del populista ejercicio de revocación de mandato. Que el presidente complete sus 6 años de gobierno que manda la Constitución y que se vaya a su casa con el juicio de la historia como el presidente que lo tuvo todo y no logró nada.